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SEAN PENN RUMBO A GANAR EL OSCAR

SEAN PENN RUMBO A GANAR EL OSCAR

 

Sean Penn, magistral actuación en "MILK"


Favorito para el Globo de Oro y el Oscar


Se acerca la temporada de premiaciones rumbo a los oscar, y como siempre la categoría de mejor actor es de las más esperadas. Para este año ya el panorama se esta aclarando, según mi percepción los favoritos para el quinteto de los oscar son: Leonardo DiCaprio por "Revolutionary Road", el consentido de la academia quien anuncio su retiro Clint Eastwood, por su Gran Torino, Viggo Mortensen por The Road, Brad Pitt por ‘The Curious Case of Benjamin Button’ y mi favorito al titulo aunque nade contra corriente Sean Penn por su magistral interpretación en Milk.


Tras la magistral ‘Paranoid Park’, el realizador Gus Van Sant regresa al mainstream pero no abandona su capacidad narrativa, a pesar de ceder a ciertas concesiones propias del cine más comercial. En ‘Milk’ se aproxima al episodio histórico de las luchas políticas en favor de los derechos homosexuales del activista que da nombre al título, en un film pro Oscar, de gran factura y con un resultado certero a pesar de ello.


La cinta está protagonizada por un sublime Sean Penn, que nos deja una lección magistral de absorción de su personaje, de capturar su esencia y mostrarla con enorme sutileza, riqueza de matices y gran sencillez. Gran valedor del resultado final y cuyo trabajo supone una ejemplar traslación del mensaje principal de la historia.


La valentía de Van Sant al afrontar la temática de la reivindicación homosexual (algo que "parece" superado en los tiempos que corren) se distancia a la perspectiva que afrontara en ‘Mi Idaho privado’, para asumir una implicación más intensa, intentando llegar más allá y propagar su mensaje. Pero todo ello sin caer en el ensalzamiento sobredimensionado de la figura de su protagonista. Hubiese sido lo fácil y tentador (y habitual en recientes biopics como ‘Una mente maravillosa’ o ‘En la cuerda floja’). Sin embargo, en la película, el realizador se resiste a mostrarnos al mártir, que marcara toda una lección de obstinación y activa lucha por la dignidad y el respeto, como si fuera un héroe. En este aspecto es dónde más brillante resulta la película. En mostrar los hechos históricos y reales, bien compaginados con momentos íntimos de la figura de Harvey Milk, con equilibrado criterio, sin entronizarlo, sino aproximándose.


En la historia conocemos el recorrido que, durante la década de los setenta, un idealista decide abrir las puertas del armario para los políticos homosexuales. Se autoproclama cabeza destacada, a modo de espejo en el que reflejarse, y así irrumpir en la conservadora e intolerante política americana, centralizada en la ciudad californiana de San Francisco. Allí, desde el distrito de Castro como núcleo esencial, Harvey Milk desarrolló con constancia y clarividencia una defensa intensa y prolongada por alcanzar un cargo en el ayuntamiento local y abrir la muralla (se presenta repetidas veces a supervisor). Lleno de optimismo e ilusión que contagia más allá de su creciente círculo próximo.


Van Sant exhibe una narración astuta, precisa, extremadamente realista (apoyada en imágenes de archivo muy bien insertadas), que resulta despojada de tintes melodramáticos gracias a un gran equilibrio. Y eso que en la historia de Harvey Milk se afrontan multitud de temas diferentes que pueden dar pie a ello (tolerancia, lealtad, amor, reivindicación,...).


Mención aparte, y especial, merece el extraordinario trabajo interpretativo de Sean Penn. Que compone un trabajo vibrante, emotivo, a ratos fascinante y totalmente convincente, gracias al despliegue sutil de matices. Un hombre de gran coraje, consciente de su papel en la sociedad, de gran discurso entre la masa, pero de compleja e intensa vida íntima que Penn borda con suma perfección. En apenas unos planos, Penn logra irradiar la esencia y la química de su personaje. También es cierto que está bien secundado por unos actores bien dirigidos: Josh Brolin, James Franco, Diego Luna...

La labor de afrontar, desde la ficción, a un personaje casi icónico de la lucha por las libertades de la comunidad homosexual no era fácil por dos razones. En primer lugar por tener como antecedente obvio el documental ‘The times of Harvey Milk’, de Rob Epstein, que se alzó con el Oscar en 1985 y, en segundo lugar, porque hoy día pudiera parecer algo anacrónico retomar su historia cuando en la actualidad la situación resulta distinta (aunque si bien es cierto que mucho menos precisamente en territorio usamericano). Pero, la buena labor del guión (a cargo del implicado Dustin Lance Black) ha sabido abordar desde una perspectiva amplia pero certera, la trayectoria del protagonista, que arranca en las escaleras del metropolitano de Nueva York (con flechazo incluido) y concluye con 30.000 personas portando velas por las calles de San Francisco.

 

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ANTES QUE EL DIABLO SEPA QUE HAS MUERTO UNA JOYA QUE HUELE A BUEN CINE

ANTES QUE EL DIABLO SEPA QUE HAS MUERTO UNA JOYA QUE HUELE A BUEN CINE

 

Por: Reinaldo Mirabal

Llega a la Cartera Nacional, lo que sin duda es una de las mejores peliculas, una joya sin desperdicio que nadie se puede perder.

El maestro Lumet se embarca en un tenso y afilado trayecto por los laberintos del alma humana, un trazado sórdido y negr’isimo, azabache, en torno a la progresiva degradación de estos afamados delincuentes. Obra maestra con aroma a vieja escuela.

ANTES QUE EL DIABLO SEPA QUE HAS MUERTO vuelve a demostrar que el poder de los proverbios puede materializarse en forma de cine sólido y sin fisuras, es la prueba que Sidney Lumet aporta para validar los recursos de la experiencia. No deja de ser ilustrativo que sea el maestro -ya octogenario- quien revele una acrobática resistencia contra el tiempo hablándonos de impulsos tan humanos con semejante lucidez. Porque hay que andar sobrado de experiencia para reformular el lenguaje del mejor cine negro clásico trasladando en imágenes un conflicto de dimensiones trágicas tan evidentes. Su nueva película es una potente, reflexiva, inmisericorde alegoría sobre la corrupción moral a través de una historia de perdedores que huele a buen cine en cada fotograma. Nos adentra Lumet en la odisea de hermanos fracasados, encarnación postmoderna del antihéroe que daba brillantez y carisma al noir de los años dorados de Hollywood. Y nos cuenta con ellos la historia de un robo fallido cubierto con más sangre de la prevista, un asalto que vertebra una trama argumental de fascinante estructura narrativa y un complejo subtexto que va desplegándose en paralelo a nuestra capacidad de asombro.

El director desentraña la tormentosa empresa delictiva de Andy y Hank sin mostrarse compasivo ni urdiendo victimismos ante lo que se nos cuenta. Ambos pretenden sablear el negocio paterno para ahuyentar un negro futuro de
deudas y penosas cargas familiares que quizá ellos mismos atraigan. Una realidad absorbente digerida a base de sendos escarceos con el alcohol y las drogas, y que empieza a pesarles como una tumba. Dos personificaciones del derrumbe de esquemas vitales -laborales, conyugales, sentimentales-, que cada cual intenta sortear aún a costa de su integridad física y moral -uno busca refugio semanal en casa de un dealer de heroína, el otro se sirve del sexo frecuente con su cuñada para resarcir un matrimonio naufragado-. Lejos pues de ser patrones de conducta, ni por asomo.

Con el proverbial título de ANTES QUE EL DIABLO SEPA QUE HAS MUERTO, el maestro Lumet se marca un tenso y afilado trayecto por los recovecos del alma humana, un trazado sórdido y negrísimo, azabache, en torno a la progresiva degradación de estos aficionados delincuentes. Los dos dan cuerpo a los designios del fatum que, otra vez aquí, se cebará sin clemencia anunciándose a nosotros desde el primer segmento de la película. El tono y el timbre de la misma no inducen a engaño. Todo preanuncia la desgracia, el irrefrenable descenso sin paracaídas al que se lanzan los protagonistas, hermanados más que nunca en su común desastre.

El relato va adquiriendo proporciones mitológicas de claro matiz cristianófilo, asistimos pasmados al detalle de una traición al padre -excelente Albert Finney, el célebre Poirot de la adaptación que Lumet hizo de ASESINATO EN EL ORIENT EXPRESS (1974)-. Imbuido de aire bíblico, parece querer dejar constancia de las funestas consecuencias de un hecho tan vil, el más vil de todos. Padre creador, progenitor que defraudó esperanzas, padre justiciero que vengará la avaricia de los vástagos.

Hay dos escenas clave para entender el alcance simbólico de la historia. Una conversación entre el anciano y su primogénito, núcleo de afectos que se adivinan quebrados por mutuas frustraciones. Y un broche estremecedor, uno de las conclusiones menos piadosas que podrían finiquitar la tortura, y que no revelaré en beneficio de quien se adentre en estos fangosos terrenos.

En un acertado juego temporal, esta obra se mueve adelante y atrás, despedazando las convenciones narrativas para descamar sus pasiones hasta el clímax final. Nadie mejor que el veterano Lumet -atiborrada maleta de oficio desde la extraordinaria DOCE HOMBRES SIN PIEDAD (1957)- podría captar con tan irónica agudeza el vaivén emocional de estos personajes, el aroma filosófico de una propuesta que dignifica los viejos patrones sin que apesten a naftalina.

Lujo actoral que ayuda a enhebrar el tejido de sensaciones en juego. El ubicuo -gracias al Dios que sea- Philip Seymour Hoffman, tan versátil, tan equilibrista como siempre, tan magnético, capaz de enterrar bajo rostro afable lo más mezquino de las personas. Ethan Hawke -uno de los cara bonita de la industria- borda su acomplejado padre, hundido en la miseria existencial e incapaz de reconducirse, siempre a la sombra de un hermano mayor junto al que levanta sueños de felicidad. La quimera de una salida posible que el azar truncará. En medio, y repartiendo orgasmos, la imponente Marisa Tomei en el papel de Gina. Se revalida como excelente actriz dramática con esta seductora femme junto la que ambos planean reiniciar su vida -huyendo a Brasil o asentando una relación amorosa-, el molde curvilíneo de esas ilusiones que jamás cristalizarán.

Thriller sobrio y desesperanzado, escrito a la antigua usanza aunque desempolvado con los bríos del nuevo lenguaje de género. Obra angustiosa y brutal que, a modo de puzzle milimétrico, ensarta sus piezas para obtener uno de los policíacos más oscuros de la década. Obra maestra -nunca mejor dicho- que vehicula con serenidad,
con el temple que le otorga su herencia iconográfica una poderosa metáfora sobre lo más enfermizo que todos escondemos, un espejo de depravaciones y ruindades varias para las que no hay redención. Lógico que lleve la firma del gran artesano Lumet. Sólo alguien de su categoría puede despellejar a sus criaturas y, además, hacerlo con estilo. Ventajas de la edad.



 

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